*Rafael Urribarri
La historia no se repite, pero rima. Japón, tras su derrota total en la Segunda Guerra Mundial, enfrentó una de las mayores humillaciones nacionales del siglo XX: ciudades devastadas, millones de muertos, una rendición incondicional y la ocupación directa por la potencia que lo había vencido. Sin embargo, de esa derrota surgió una de las democracias más estables y una de las economías más sólidas del mundo contemporáneo.
Hoy, Venezuela atraviesa su propio punto de inflexión histórico tras el colapso del socialismo del siglo XXI y la extracción del régimen que lo sostuvo. Aunque los contextos son distintos, la experiencia japonesa ofrece lecciones fundamentales que la sociedad civil venezolana debería asimilar si aspira a una reconstrucción nacional real, sostenible y democrática.
Aceptar la realidad sin autoengaños
Japón comprendió en 1945 que la negación solo prolongaba la destrucción. El pueblo japonés aceptó la derrota no como una renuncia a su identidad, sino como un acto de realismo histórico. Reconoció que el proyecto militarista había fracasado y que insistir en él significaba la aniquilación definitiva.
Venezuela debe hacer un ejercicio similar. El socialismo del siglo XXI no colapsó por una conspiración externa, sino por su inviabilidad económica, su degradación moral y su destrucción institucional. Persistir en narrativas victimistas o en explicaciones simplistas impide avanzar. No hay reconstrucción posible sin una aceptación honesta del fracaso del modelo que condujo al país al colapso.
Humildad histórica y madurez colectiva
La sociedad japonesa entendió que la soberbia nacional fue parte del problema. Lejos de refugiarse en un orgullo vacío, optó por una humildad activa: aprender, reformar, corregir.
La sociedad civil venezolana debe abandonar definitivamente el mesianismo político, el caudillismo redentor y la expectativa de salvadores providenciales. La reconstrucción del país no será obra de un individuo ni de una ideología, sino de una ciudadanía madura, consciente de sus errores y dispuesta a asumir responsabilidades.
La sociedad civil como protagonista del cambio
Japón no fue reconstruido únicamente por decretos impuestos desde el exterior. Su sociedad civil participó activamente en la reorganización institucional, en la vida sindical, en la educación cívica y en la defensa de las libertades democráticas emergentes.
En Venezuela, la sociedad civil no puede limitarse a haber resistido ni a celebrar la caída de un régimen. Debe convertirse en pilar permanente del nuevo orden democrático. Y en este punto es fundamental reconocer que la sociedad civil venezolana no parte de cero.
Durante años de resistencia, surgieron múltiples iniciativas de organización ciudadana que desbordaron la lógica estrictamente electoral. Entre ellas, la Red de Asambleas de Ciudadanos, que propuso y ejercitó la creación de asambleas en todo el país como espacios reales de participación política, deliberación ciudadana, toma de decisiones colectivas y seguimiento directo de la gestión pública de los funcionarios electos.
Esta experiencia —junto a otras formas de organización cívica— debe estar sobre la mesa en el nuevo esquema de organización sociopolítica que emergerá en nuestro país. No como un recuerdo romántico de la resistencia, sino como un capital democrático acumulado que puede y debe institucionalizarse.
Una democracia sólida no se limita al voto periódico: se construye con ciudadanos activos, organizados y vigilantes.
Comprender el contexto geopolítico sin complejos
Japón entendió que el mundo de la posguerra había cambiado y que Estados Unidos era la potencia hegemónica del nuevo orden internacional. En lugar de resistirse de manera estéril, optó por una relación pragmática que lo transformó de enemigo derrotado en aliado estratégico.
Venezuela pertenece al hemisferio occidental. Pretender abstraerse de esa realidad —como lo hizo el chavismo alineándose con potencias autoritarias extrahemisféricas— fue un error histórico de enormes consecuencias. Reconocer el rol determinante de Estados Unidos en el equilibrio regional y mundial no implica sumisión, sino realismo estratégico.
La soberanía no se defiende con aislamiento ni retórica, sino con instituciones fuertes, economía productiva, Estado de derecho y ciudadanía activa.
Rechazo definitivo al militarismo y a la violencia política
Japón incorporó el pacifismo como principio constitucional, entendiendo que la militarización de la política había sido una de las principales causas de su tragedia.
Venezuela debe aprender que no existe proyecto nacional viable basado en la coerción, el control armado o la violencia política, venga de donde venga. La sociedad civil debe rechazar sin ambigüedades cualquier intento de perpetuar esquemas autoritarios bajo nuevas formas o discursos.
Trabajo, disciplina y sentido de comunidad
El llamado “milagro japonés” no fue producto de magia, sino de disciplina social, cultura del trabajo, educación, planificación y cohesión comunitaria.
Douglas MacArthur y el emperador Hirohito.
La reconstrucción venezolana exigirá sacrificios, paciencia y una ética del trabajo opuesta al rentismo, al clientelismo y a la dependencia estatal que destruyeron la cultura productiva del país. No habrá reconstrucción rápida ni indolora, pero sí posible si existe compromiso colectivo.
Conclusión: reconstruir con memoria, sin resentimiento
Japón no olvidó su historia, pero no quedó prisionero de ella. Transformó la derrota en punto de partida.
Venezuela tiene hoy una oportunidad histórica similar. Pero esa oportunidad solo se materializará si la sociedad civil asume su rol protagónico, reconoce sus aprendizajes acumulados durante años de resistencia, incorpora experiencias organizativas como las Asambleas de Ciudadanos y construye una democracia viva, participativa y vigilante.
La reconstrucción nacional no será obra de un decreto, de un líder o de una potencia extranjera. Será el resultado de una ciudadanía que, como Japón en 1945, decide abandonar el delirio ideológico, aceptar la realidad, entender su lugar en el mundo y apostar por la democracia, la participación y el futuro.
*Activista político de la sociedad civil.
