En el periodismo, la verdad no existe

Gustavo Oliveros / gustavooliveros4@gmail.com

En el periodismo la verdad no existe, el periodismo nos miente igual que el cerebro también lo hace. En algunos estudios de neurociencia se puede inferir que el cerebro nos engaña de manera descarada y de tener esto un rasgo de veracidad, no es un desliz suponer que el periodismo miente de igual modo. Si bien la percepción es subjetiva y está influenciada por las emociones, nuestras experiencias pasadas, las expectativas acerca del porvenir y muchos factores biológicos, es lógico, aunque suene a oxímoron, por lo ilógico de la lógica cartesiana, que quien describe o narra un hecho determinado, igual le mienta al público para el cual escribe o narra una noticia de última hora. De hecho, también mentimos en nuestras relaciones cotidianas cuando creemos decir la verdad frente a un interlocutor que desea conocer el último chisme que circula en los pasillos del condominio, pero la teoría tal cual como va, no es para asustarse a pesar de la cantidad abrumadora de noticias falsas que, a diario inundan las redes sociales. Aunque vivamos en un mundo de mentiras, las mentiras también suelen ser verdaderas.

El cerebro nos miente para proteger la especie y continuar con el proceso evolutivo, aun pareciera que para él continuamos en el Pleistoceno por lo irracional de nuestro comportamiento habiendo pasado tantos siglos desde la aparición del primer neandertal. ¿Cómo? Pues es largo de explicar. Siempre nos habíamos preguntado por qué dos personas al observar un mismo objeto desde distintos ángulos ven cosas distintas, de allí que el poeta Campo Amor escribiera aquella prosa en donde refiere que “todo es según el color del cristal con que se mira”. Filosofía que Rubén Blades popularizaría en 1977 junto a Willie Colón en el súper vendido álbum “Metiendo Mano” de la Fania Récords Alls Stars. Pero ¿es cierto que todos mentimos y hasta descaradamente, tal cual los políticos en su diario acontecer? No solo mentimos a los otros en nuestra vida cotidiana, sino que hasta nos mentimos a nosotros mismos en vigilia y en sueños. De la mentira no escapa nadie, bajo esta premisa estaría claro que cuando escribimos una nota periodística sobre un hecho objetivo no estamos siendo tan objetivos como quisiéramos, esto era ya cosa harta conocida desde que el profesos Federico Alvárez en las aulas de la escuela de periodismo en la UCV, nos enseño que la subjetividad, esa cosa interna que nos hace humanos, era un portón de acero que nos impedía ver los hechos tal cual se producían.

La razón lo precedía, aunque él solo asomaba un elemento que tenía que ver con nuestra postura en la vida y que la profesora Gloria Cuenca, adelantándose a Savater, llamaría moral y ética. Álvarez, obviando la razón biológica que aún para la época no sonaba en el claustro universitario, había dado en el clavo, más por instinto que por una nueva teoría que revolucionaría la medicina pocos años más tarde. Hoy en día, gracias a la neurociencia, sabemos que no siempre se mira lo que se mira o bien, no siempre interpretamos con objetividad lo que miramos. Sin embargo, hay una manera de hacer lo correcto al escribir sobre un hecho nada objetivo, pero bastante cercano a la “verdad”, la nuestra o, mejor dicho, la verdad de la gente que piensa igual que nosotros. Por lo tanto, no hay que sorprenderse de las fake news que abundan en las redes sociales. Hoy el problema no está en mentir, sino en creer lo que queremos creer.

Si bien mentimos por razones de orden biológico, también creemos por la misma razón. La verdad, o, mejor dicho, la objetividad vista desde nuestro interior, transcurre por un proceso bastante complejo que se inicia en la retina del ojo, en lo que oímos y en lo que tocamos o sentimos en nuestra piel, una vez que captamos un estímulo mediante nuestros sentidos. La magia de la cognición se produce dentro de nuestro organismo en cuestión de microsegundos. Explico. Ya sabemos que toda información proviene de un estímulo captado por los cinco sentidos ya conocidos, a excepción del olfato. (no tocaremos los otros cuatro para no alargar esta nota más de lo necesario) Digamos que el estímulo externo (el ambiente) entra al Tálamo por cualquiera de nuestros sentidos, estas ondas, imágenes, y sensaciones  se convierten rápidamente en lenguaje biológico (químico o eléctrico) y desde el Tálamo son reenviada al Hipotálamo, órgano que al igual que nuestro ordenador reconfigura los datos y los comparte con la Amígdala (uno de los principales órganos emocionales que nos permite prepararnos para la huida o para la lucha) quién, al recibir el estímulo acude a la memoria de largo plazo que conservamos en el Hipocampo con el fin de obtener un historial para darle a los estímulos recibidos una narración coherente que llegará, una vez censurada, al lóbulo frontal donde se hará racional para el lenguaje hablado, el que ya conocemos sea español, inglés, turco, chino, ruso o esloveno.

Y finalmente, la gran mentira se exclamará: ¡A viva voce!, o se quedará guardada en el pensamiento para ser usada más adelante en el momento propicio. De modo que no hay que angustiarse por el hecho de que mentimos. Todo tiene una razón de ser y aunque con el tiempo descubrimos la verdad, la pregunta que nos atormenta siempre es: ¿cuál es la razón de que esta verdad se guarde por un tiempo programado? Parece ser que la verdad solo nos será dada cuando el cerebro considere que podemos digerirla.

Mientras tanto, se puede ser cristiano, musulmán, comunista, socialista, capitalista, liberar hipee, rebelde terrorista, hinduista, budista, islamista, ateo y hasta extraterrestre. Todos mentiremos aun cuando los interrogatorios, en los países totalitarios sean a muerte, por no decir la verdad.