“El aplauso, de pie y durante varios minutos, de los más de mil asistentes a la apertura del 77 Congreso Mundial de Editores de Noticias en el Palacio Du Pharo en Marsella, Francia, acompañó el final de las palabras de Arthur Sulzberger, presidente y director de The New York Times, el diario más importante del mundo”.
Así comienza la reseña del diario Clarín de Buenos Aires, sobre las palabras del magnate mediático. Fue un llamado dramático: la urgente necesidad de frenar "un robo descarado de propiedad intelectual sin precedentes".
The New York Times demandó judicialmente a OpenAI, a su socio Microsoft y, posteriormente, a Perplexity por violaciones flagrantes de sus derechos de propiedad intelectual protegidos por la ley de los EE. UU.
Sulzberger convocó a "un despertar colectivo" de la industria de los medios de comunicación y, en particular, de los diarios, para replantear los términos de su relación con las grandes empresas tecnológicas.
A continuación, un resumen de sus palabras:
Hace menos de cuatro años apareció ChatGPT y ,en pocos meses, el chatbot de OpenAI acumuló 100 millones de usuarios, convirtiéndose en el producto de consumo de más rápido crecimiento en la historia.
¿Cómo cambiará la IA las noticias?
¿Cómo afectarán esos cambios al ecosistema de la información que sirve de plaza pública para los ciudadanos comprometidos de todo el mundo? ¿Y qué pueden hacer las personas presentes en esta sala para garantizar el futuro del periodismo de primera mano y basado en hechos, que es tan esencial para la salud de nuestras diplomacias?
Las empresas que impulsan la IA -que ya se encuentran entre las más ricas y poderosas de la historia de la humanidad- están consolidando un control desmedido sobre nuestros datos y nuestra atención. Al mismo tiempo, no están asumiendo una responsabilidad fundamental que conlleva este poder: garantizar que el público tenga acceso a noticias e información fiables.
Su apropiación de la plaza pública es posible gracias al pecado original que da vida a sus productos de IA: un descarado robo de propiedad intelectual que se ha producido a una escala sin precedentes. Los gigantes tecnológicos explotan los sitios web de noticias sin permiso ni compensación. Reempaquetan estos bienes robados como si fueran suyos, desviando la audiencia y los ingresos que de otro modo irían a parar a las organizaciones de noticias que crearon ese trabajo.
Temo que nos dirigimos a toda velocidad hacia un futuro con cada vez menos periodistas para realizar la costosa y difícil labor del periodismo original: ir a los lugares, hablar con la gente, desenterrar información, cubrir asuntos y acontecimientos importantes, aportar contexto y análisis, e investigar a los poderosos. Un futuro en el que una fuente crucial para una sociedad sana y una democracia estable —la verdad, la comprensión y la rendición de cuentas que proporciona el periodismo original— siga secándose.
No podemos permitir que la IA dominen la conversación pública
No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras las empresas de IA intentan desmantelar de forma permanente los derechos que nos dan el control sobre el trabajo que creamos. No podemos cruzarnos de brazos mientras este trabajo se utiliza para construir productos de sustitución que socavan nuestra capacidad de captar la audiencia y los ingresos necesarios para seguir informando de las noticias.
Algunos líderes tecnológicos calificarán mis comentarios de hoy como anti-IA, como una defensa del viejo statu quo, como una institución fosilizada más que arremete contra los innovadores que impulsan la marcha del progreso. Y para ser justos con nuestros colegas de Silicon Valley, existe una tradición de actores tradicionales —por ejemplo, un periódico de 175 años de antigüedad— que se quejan de las nuevas tecnologías y de los disruptores que están detrás de ellas. Por eso, vale la pena decirlo claramente: la organización de noticias que dirijo, The New York Times, tiene una larga trayectoria de adopción de la tecnología para avanzar en la misión del periodismo independiente.
Y creo firmemente que la IA tiene el poder de hacer mucho bien en el mundo. No estoy diciendo que la IA o los gigantes tecnológicos sean intrínsecamente malos o perversos. Simplemente advierto que las empresas de IA están tomando decisiones, decisiones que violan leyes consolidadas, amenazan la viabilidad del trabajo creativo y parecen propensas a causar una gran cantidad de daños innecesarios.
Las organizaciones de noticias deberían desear lo bueno que puede aportar la IA, pero las empresas tecnológicas también deberían querer apoyar el flujo sano y sostenible de la información, las ideas y la creatividad que alimentan la IA, para garantizar que sus acciones no nos lleven a una tragedia de los bienes comunes cívicos.
